Los mismos ojos

Soñaba con dientes de león tan grandes como ella misma. Esferas huecas de pelusa y pistilos, dulces empujones, espirales blancas rotando hacia un cielo azul. Tan hermoso…

Entonces el despertar. La aurora ilumina sus facciones y disuelve los dientes de león en la luz impenetrable del alba. La mula se incorpora y se sacude la tierra y el polvo. Verde y gris, las líneas de la granja limitando el amplio horizonte con su basta geometría. Sonidos que comienzan a emerger a la mañana; el canto de un gallo, el gruñido de un ternero, el rasposo balido de una oveja…

La mula atiende sus necesidades. Lo primero, el agua. Ha aprendido a estar preparada. Tuvo que atravesar, hace tantos años, un desierto. No se ha olvidado de la sed, ni del deslizamiento por las traicioneras dunas, ni de los peligrosos sumideros de arena. Ni tampoco de las frías noches, con la Vía Láctea inundando el firmamento con la luz gloriosa de todo un universo. Una visión de esperanza. En el desierto también soñó, por supuesto. Por aquel entonces aún dudaba si le era posible morir.

El perro le saca de sus recuerdos con un ladrido seco. La mula, obediente, vuelve a la cuadra junto a los demás animales. El granjero pronto la requerirá, o tal vez no. La vida es sencilla, predecible y atendida. No anhela las emociones. Demasiadas ha vivido durante su muy larga vida. Como aquella vez en que tuvo que acarrear una pesada pieza de artillería hasta el frente. No fue un trabajo duro, no tan duro como el arrastrar piedras o el arar de sol a sol. Pero comenzaron los estampidos y no hubo lugar a donde huir y los impactos cayeron sobre los mismos soldados que la habían reclutado, vísceras y sangre, olor a metal y a fuego, gritos roncos y lamentos… Sí, mejor la granja. Por suerte los malos recuerdos solo le visitan en las horas de vigilia. Los sueños están reservados.

Hoy no habrá huerto, ni excursión para recoger la miel en los panales del monte. De manera inusual, los hijos del granjero dedican la mañana a su cuidado. Le lavan con esmero hasta el punto que desaparece el olor a estiércol y su pelaje recupera un brillo que creía olvidado. La mula se permite soñar despierta, esta vez de manera consciente con los dientes de león, que como pompas de jabón limpian la inmundicia de su cuerpo. Los sueños siempre le han acompañado. Sueños en morado. Sueños de mulas voladoras. Sueños de mulas montadas en estrellas que descienden a la tierra y se vuelven a elevar. Sueños de mulas respirando bajo el agua, sueños de miel y fresa, sueños de mulas que sueñan con ser mulas. Tantos y tantos de ellos como granos de arena hay en el desierto. Con el tiempo ha aprendido a apreciar el regalo. Y, entre todos ellos, el sueño más preciado de todos. El sueño de los ojos que le miran con ternura incluso después del bocado.

La comida de hoy también es especial. Nabos y zanahorias, todo un festín. No comía así desde que huyó más allá de Persia, en un largo viaje más allá de la India y Tailandia, hacia la lejana China, donde fue colmada de atenciones durante un tiempo. También era una granja aunque allí no trabajaba animal alguno. No tardó mucho en averiguar la verdad. La medicina tradicional china se cobraba muchas víctimas. Pero la mula tenía ya muchos años a sus espaldas y había aprendido un truco o dos. Escapó con facilidad sin dejar de sentir un remordimiento inútil por aquellas vidas que dejaba en el altar del sacrificio.

El recuerdo le hace ponerse en guardia. No se cuida a un animal por buena voluntad. Eso no lo ha visto en ninguno de sus largos años de experiencia. Así que se resiste todo lo que puede cuando el granjero la busca por la tarde y la lleva a un remolque para caballos entre juramentos y maldiciones. La mula pasa mucho miedo mientras el vehículo le transporta, rodeada del chirrido de neumáticos, del ruido de motores, de los ocasionales bocinazos y del inesperado desplazamiento de un frenazo. ¿A dónde? ¿A dónde?

Tiempos pasados, tiempos futuros. Se marea como siempre que ha subido a un barco y ha subido a muchos. Recuerda el espacio abierto de las aguas, la soledad del mar interminable, y eso le ayuda a tranquilizarse. Cuando desciende del remolque advierte que se encuentra en la gran ciudad. Los hijos del granjero le conducen hacia un edificio bajo. La mula se deja hacer. El mundo se ha civilizado y no es posible, pese a sus temores iniciales, que su vida corra peligro en el corazón de la ordenada sociedad humana. En el edificio resuena un barullo de voces infantiles y la chiquillería le rodea. Le abrazan, le tocan, le colocan encima una guirnalda y adornan su pelambrera con flores, sí, con dientes de león.

Ahora es acompañada. Sus pasos se abren camino con dificultad a través de un trigal de pequeñas vidas, entre un flotar de canciones y palmadas. Llega a un salón grande iluminado con luces tenues. Y al final del camino…

Al final del camino.

En lo alto del escenario hay un pesebre. La mula avanza con su torpe inocencia. Dos actores esperan su llegada, un hombre y una mujer, vestidos con túnicas, barba oscura él, ropas claras las de ella. Una estrella reluce sobre el limpio techado. Y otro animal al fondo, un buey. Entre ellos el niño.

La mula ya ha visto la escena antes. La ha visto una y otra vez. Por eso sube por la pequeña rampa sin miedo y no necesita que le guíen hacia su lugar junto al buey. Desde lo alto las luces del escenario le iluminan y le ciegan. Los dientes de león vuelan, blancos y puros, libres de la prisión de su pelambrera. Y la mula mira, por fin, hacia el bebé que la madre sostiene. No es como aquel que vio una vez, como aquel que sigue viendo en el sueño más preciado.

Pero tiene sus mismos ojos.

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