La Ley de los Critters

Mowgli sueña.

El verde intenso de las hojas atravesadas por los rayos de luz. Las ramas de los árboles. La respiración jadeante. Los pies que se deslizan sobre la hojarasca sin dejar marca de su paso. El roce de la vegetación como una caricia sobre su cuerpo desnudo. El corazón que palpita con la emoción de la caza.

Mowgli sueña con Shere Khan. Lo sabe como se saben las cosas en los sueños. Delante, siempre unos metros más allá, puede vislumbrar apenas el pelaje a rayas, el colchón mullido de una zarpa que se levanta, la cola que se balancea para compensar la cojera. Es Shere Khan, y Mowgli lo está persiguiendo a la manera de los lobos.

El murmullo crece en intensidad y así sabe que se encuentra cerca de la cascada. De repente no tiene prisa. Piensa en Bagheera y se hace uno con las sombras, detrás de los grandes troncos, oculto entre los helechos. Avanza con cautela, cerrando cualquier vía de escape.

El farallón está a plena vista junto al voluminoso caudal de agua que cae. Shere Khan le está esperando, de nuevo vivo y poderoso. El ruido es ensordecedor. Mowgli avanza sin miedo. Ya le venció una vez y puede volver a hacerlo. Pero el tigre no busca pelea. En su lugar gira la cabeza, y Mowgli sigue su mirada para descubrir un hueco oscuro entre las rocas. Ignorando al depredador, se acerca. Dentro de la cueva el sonido llega amortiguado, lejano. El olor es ácido y penetrante. Y allí, en la oscuridad, los encuentra.

Los cachorros de Shere Khan.

Despierta con un sobresalto. Siente humedad en la piel, y el movimiento le provoca un escalofrío. Junto a él se encuentran los extraños huevos que nadie ha sabido identificar. ¿Por qué esperan que él sepa qué hacer con ellos? Se ha criado en la selva y ha aprendido a fiarse de sus instintos, y estos le dicen que no tendrá que esperar mucho tiempo para saberlo.

 

—Más de doscientos son, locos como los Bandar-Log y rápidos como Chikai, la ratita saltarina. Yo estaba comiendo fresas silvestres, pues ya sabéis que en esta temporada es cuando son más jugosas, cuando ellos pasaron cerca de mí aullando y saltando como si estuvieran locos y no tuve más remedio que protegerme, y un par hasta tuvo la indecencia de reírse cuando vio mis púas erizadas.

—Ikki, tus historias son exageradas, como siempre. Seguro que no eran más que unos ratones recién salidos del Waingunga con el pelo esponjado por el agua.

—Os digo que no, Hermanitos —replicó el puerco espín, balanceándose de un lado a otro con entusiasmo. Raro era tener tantos oyentes y disfrutaba de la ocasión—. Os digo que no he visto otra criatura como esa en todos los años de mi vida. Los milanos siguen su rastro de destrucción desde millas de distancia. Y aún os diré más; se dice que Mowgli, el Cachorro Humano, estaba con ellos cuando salieron de sus huevos…

—¿De sus huevos? —se mofó Mao, el Pavo Real—. ¿No serían cocodrilos?

—…de sus huevos, digo, y recién rompieron la cáscara le mordieron y le obligaron a huir por toda la selva aullando como un chacal de los Gindir-Log.

Esta vez la risa fue general.

—Has ido demasiado lejos, Ikki. Cuando Mowgli se entere de esto te va a colgar cabeza abajo de una rama para que aprendas modales.

—Yo creo que te encontraste con Nag, la Cobra Negra, y del susto te inventaste todas estas patrañas.

—¿Echaban tus cocodrilos peludos Flores Rojas por el culo?

Ikki intentó protestar, pero fue en vano. Los murmullos y las risas se extendieron por el claro, y la voz del pequeño mamífero se perdió en la algarabía. Refunfuñó un par de veces haciéndose el dolido, pero la verdad era que ya había cumplido con su cometido al avisarles. Lo que pasara después no era cosa suya.

 

La luna, que caía tamizada a través del entramado de hojas, bañaba el lomo de Bagheera de reflejos oscuros, dúctiles como la corriente de un río. El felino se desplazaba en silencio, disfrutando de sus sentidos aumentados. El goteo del rocío condensado sobre el suelo; el agudo chillido de Mang, el Murciélago; el olor de la tierra húmeda que remueve el Pueblo Venenoso cuando se desplaza. Bagheera era consciente de todo esto y de mucho más, sensaciones que no se pueden describir con palabras de los humanos. Bagheera no era un depredador más en busca de su alimento. Bagheera era la misma noche, que envuelve al Pueblo de la Selva en un abrazo oscuro de muerte y sueño.

Había devorado hacía una hora un ratón gordo que prácticamente se le había echado encima sin saber que su juego le deparaba un destino mortal. El roedor le había disgustado, pues no había saciado su hambre y le había privado del placer de la caza. Por eso ahora se adentraba en la jungla, impaciente y juguetona, siguiendo un rastro nuevo.

Bagheera había escuchado los rumores. Las extrañas criaturas que habían eclosionado de los huevos que custodiaba Mowgli no le temían a nadie y estaban sembrando el terror en la selva. Animales feroces, decía Chil, el Milano, que se daba un festín con los despojos que dejaban los seres a su paso. Dewanee, había aventurado el viejo Baloo. La locura o la rabia, pegajosa e imprevisible. La pantera negra se estremeció de placer, y un brillo chispeó en sus ojos de esmeralda. La Manada de Lobos de Seeonee haría cumplir la Ley de la Selva, estaba segura de ello. Pero los seres habían cometido dos errores que le concernían de manera personal. Primero, habían invadido su territorio, sin dignarse a proferir la Llamada de Caza del Forastero. Y segundo, y más importante, habían despertado su curiosidad.

La criatura correteaba entre los árboles, exultante. Era un depredador, de eso no cabía duda, pues las fauces estaban repletas de pequeños dientes, y en el lomo unas agudas púas recordaban las defensas de Ikki, que algún disgusto le habían causado durante sus aventuras de juventud. Bagheera saboreó el torrente de emoción que inundaba su cuerpo sin mover un solo músculo, concentrada por completo en la caza. Había otras criaturas cerca, pero a ojos del gran felino eran tan diáfanas en la penumbra nocturna como si fuera pleno día.

Fue paciente. Y, cuando llegó el momento, ronroneó suavemente, lo suficiente para que el ser advirtiera su presencia y pudiera mirar al verde de sus ojos a través del manto de la noche. De otro modo el juego no tenía sentido.

—Oh-oh. —Alcanzó a decir la cosa.

Bagheera saltó. La criatura emitió un crujido húmedo cuando las fauces se cerraron sobre su cuerpo peludo. Una sangre verdosa y de sabor indefinible asaltó los delicados sentidos de la pantera, que escupió asqueada. El bicho había muerto al instante sin ofrecer resistencia. Una presa indigna. La pantera lo golpeó un par de veces con la pata, haciéndolo rodar de un lado para otro, hasta que su curiosidad fue saciada. Su manada, si es que se le podía llamar así, ni siquiera había notado la muerte de uno de sus miembros. Bagheera bostezó, con el cuerpo relajado tras la muerte insulsa, y se alejó de allí con zancadas perezosas. Los lobos se encargarían de ellos, no le cabía la menor duda. La noche misteriosa engulló el cuerpo elegante del felino hacia su siguiente caza.

 

—Ya no estoy para aventuras.

El viejo oso trotaba con pesadez, jadeando por el esfuerzo. Su corpachón mostraba los estragos de la edad. Demasiadas primaveras había rondado ya la selva y su pelaje, antaño lustroso, dejaba entrever calvas y pliegues donde antes hubo músculo. Se sentía cansado, pero ignoraba que su cuerpo adulto y vencido por los años era hermoso, pues todo lo que nace y crece en el Pueblo de la Selva tiene la belleza de la libertad. Se detuvo bajo un árbol, olfateando, y arrancó unas raíces con sus zarpas, esperando aliviar el sufrimiento de la carrera, con tan mala suerte que una piedrecita le raspó la garra. Soltó un bramido de angustia y enojo del que se arrepintió al momento.

—Mírame. No sé ni cavar.

Masticó sin embargo las raíces y se sintió un poco mejor. Pero la punzada de temor hizo que se levantara de nuevo y retomara el trote. La Manada de Lobos de Seeonee había reconocido una amenaza en las extrañas criaturas y había organizado una partida de caza para diezmarlas antes de que la devastación que causaban a su paso fuera irreparable. Baloo sabía que Mowgli también iría porque, aunque no era ya de la Manada, mantenía con ellos unos lazos estrechos que no podían ser rotos.

—Una banda de criaturas que todo lo muerden, peores que los Bandar-Log y más infames que las Hienas, sin respeto alguno por la Ley. ¡Buf! Los tiempos han cambiado. Soy demasiado mayor para esto. Espero que Mowgli esté bien.

La canción de muerte de Ko, el Cuervo, advirtió al viejo oso de la cercanía al lugar de la batalla. Allí se detuvo, atónito. Las criaturas estaban oponiendo una feroz resistencia. Múltiples lobos yacían heridos o moribundos entre la vegetación de la sabana que crecía a orillas de la selva. Aparentemente, los seres habían intentado escapar de los dominios del Pueblo de la Jungla, tal y como había predicho el chico. Baloo barrió el escenario con los ojos buscando a Mowgli, y por fin lo encontró, encaramado a un árbol. Incluso desde la distancia distinguió la sibilante voz del chico pronunciando «Tú y yo somos de la misma sangre», las Palabras Maestras del Pueblo Venenoso; y en respuesta una oleada susurrante de serpientes cargó hacia los feroces invasores. Pero la contribución de Mowgli iba mucho más allá. El viejo oso tragó saliva. Unos silbidos agudos hicieron descender de las alturas a un grupo de águilas, que se lanzaron en picado a la lucha. El chico señaló hacia una de las criaturas que huía, y una pequeña familia de rinocerontes se lanzó en estampida hacia ella. Mowgli dirigía al Pueblo de la Selva como si de un general se tratara. Las extrañas criaturas estaban condenadas. Baloo sintió miedo y respeto ante el poder y sabiduría del ser humano, y no por primera vez. Lejos quedaba ya el Mowgli reflexivo que le había pedido consejo hace apenas un día, y mucho, mucho más lejos aún, aquel muchacho indefenso al que había enseñado la Ley años atrás.

 

Pues un día atrás Mowgli había llegado, magullado y taciturno, hasta el claro donde Baloo enseñaba las leyes a los más pequeños. Bagheera se encontraba echada sobre una rama, lánguida en el calor de la tarde.

—¿De dónde vienes tan arañado, Hermanito?

—Los huevos se han roto —gruñó Mowgli—. Y lo que ha salido de ellos no os va a gustar nada.

—¿Por qué lo dices? —intervino Baloo—. La verdad es que nunca he visto huevos como esos.

Mowgli no respondió. En vez de eso, desvió la mirada hacia la distancia. La tarde caía y bañaba el claro de una luz anaranjada y difusa. Por un momento, pareció querer responder al oso, pero entonces se lo pensó mejor y guardó silencio. Bagheera movió la cola con curiosidad. Hacía tiempo que no podía adivinar lo que pensaba su protegido. Por fin Mowgli habló, pero sus palabras brotaban despacio, como si le costara pronunciarlas.

—Baloo, Bagheera. Ayer, antes de que los huevos se rompieran, soñé con Shere Khan.

—Está muerto —musitó la pantera—. No tienes por qué preocuparte.

—Lo sé. Pero en el sueño tuve frente a mí a sus cachorros.

—Ah, ahora te entiendo —respondió Baloo con su voz grave—. Te encuentras inquieto porque piensas que las criaturas que han salido de esos huevos son peligrosas. Y al mismo tiempo dudas, porque las sabes cachorros. Crees que no merecen la muerte.

—Si las dejo marchar, sé que causarán un gran daño a mis dos pueblos, al de la Jungla y al de la Manada Humana. Pero, por otro lado, ¿qué oportunidad han tenido, si acaban de dar sus primeros pasos por el mundo?

El claro quedó en silencio, sumergido en la luminosidad imprecisa que precede al ocaso. Bagheera rio suavemente, y el viejo oso se permitió, por primera vez desde hacía años, darle un cachete a Mowgli en la cabeza, que protestó enojado.

—Mowgli, en muchos aspectos eres sabio como el más sabio de entre el Pueblo de la Jungla. Y en otras cosas sabes menos que cualquier cachorro recién nacido.

»La Ley de la Selva prevalecerá. Rige nuestras vidas igual que el Sol y la Luna son dueñas del cielo. Todos estamos bajo su égida y a ella debemos obediencia. La Ley nos envuelve y nos da fuerza. Sin ella no somos más que polvo en el camino. Confía en la Ley, Mowgli, y al hacerlo estarás confiando en tu propio corazón».

Las palabras de Baloo resonaron limpias en el claro, flotaron en el aire durante unos segundos y se desvanecieron. Y los últimos rayos de sol iluminaron el cabello desgreñado de Mowgli, que lentamente alzó la cabeza y asintió, con la chispa de la determinación iluminando la profundidad de sus ojos oscuros.

 

La canción de los Critters

Como, como, como y como,

Devoro, engullo y troncho.

Vengo de muy lejos, o eso dicen

Las voces que tengo dentro de mí.

Pero yo soy solo un Critter, me digo,

Un indefenso y pobre Critter,

Con un apetito feroz. ¡Ay!

Tengo hambre, mucha hambre.

Dame tu mano, ¡ay!

Y verás lo que hago de ti.

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