Héroes de papel

En el salón de paredes grisáceas las torres de libros se apilan contra las paredes. Desde algún lugar detrás del viejo sofá, un transistor difunde una turbia melodía de jazz. El aparador expone su catálogo de recuerdos del pasado sobre los que se acumula el polvo: una fotografía de un hombre en un acantilado, otra de un muchacho en un verde campo de fútbol, una lamparita de Tiffany’s. Un brasero eléctrico yace en el suelo como una gigantesca cucaracha negra.

En el sofá una mujer lee. Es de noche y usa gafas. Sostiene el libro casi pegado a la cara. Por la ventana entra un soplo frío que mueve las canas de su cabeza. La mujer acurruca los pies desnudos debajo de su cuerpo. Solo se descalzó al llegar a casa; aún viste el mono verde del trabajo.

—Toco tu boca.

La mujer se incorpora con esfuerzo y se pone de pie encima del sofá. Un libro que había en el reposabrazos cae al suelo. Con la mano libre se quita las gafas y se enjuga las lágrimas.

—Toco tu boca —repite, temblorosa—, con un dedo toco el borde de tu boca.

La mujer comienza a bailar, hundiendo los pies en el asiento: la música parece jugar con su cuerpo. Los brazos se arquean y elevan con extraña elegancia. Las lágrimas caen por sus mejillas mientras se mueve, ignorando el dolor de la artrosis, superada por el poder de las palabras que no puede parar de repetir.

—Voy dibujándola como si saliera de mi mano…

Por la ventana entra el ruido del tren, que circula sobre las vías cercanas. Lejos, muy lejos, suena un claxon. El viento mueve papeles y basura por la calle vacía. El cielo oscuro guarda silencio.

 

La bota militar golpea la boca del mendigo y un esputo con sangre y dientes vuela hasta caer frente al muchacho espigado. Viste igual que sus compañeros: pantalones de pitillo, camiseta de Ionsdale, chaqueta de cuero. Pelo rapado. A diferencia de los otros, él tiene el semblante lívido. Es la primera vez que participa en las agresiones.

—Gime como un perro. Es repugnante —ríe uno de ellos. El indigente se arrastra por el suelo, apenas capaz de moverse. Llevan un rato ensañándose con él. Un cigarrillo cambia de manos.

—Bueno, tú. —El cabecilla mira al chico con ojos de obsidiana—. ¿Eres uno de nosotros o no?

Este le devuelve la mirada y cierra el puño. Se dice a sí mismo que el temblor que siente es debido a la excitación y al frío. Los demás esperan, intranquilos. Va siendo hora de abrirse. El muchacho traga saliva. Los ojos inflexibles siguen fijos en él. Cuando su bota al fin golpea, imagina que el crujido es idéntico al que hacía el balón de fútbol en los lejanos días de su infancia.

 

La mujer hace la ruta central. Desde la plaza de San Juan de la Cruz hasta Emilio Castelar, recorriendo el largo paseo de la Castellana a orilla de los árboles hasta Colón y Recoletos, donde desemboca en la monumental plaza de Cibeles. Después Neptuno, paseo del Prado y Atocha. No es su ruta habitual, pero de cuando en cuando solicitan una colaboración y la mujer las recibe con agrado. La escoba se mueve sin tregua y a pesar de ello acumula ya media hora de retraso. A nadie le importa mientras cumpla. La barrendera recuerda la lectura de Rayuela y se estremece. Quizás sea la decimoquinta vez que lo lee, sin contar las veces que lo repasa en su cabeza. En el cruce con la calle de Alcalá eleva la vista hacia la diosa. Unos corredores se sorprenden y ríen al pasar de largo. Los ojos buscan, las manos alzadas imploran, la cara mira hacia el cielo azul, inmenso sobre su cabeza cana. Siente que la diosa madre le otorga su gracia y en consecuencia decide que su próxima lectura será El lobo estepario de Hesse. La anticipación y la dádiva recibida hacen que las lágrimas vuelvan a aflorar. La mujer se encoje, agradecida, inmersa en su propio universo de grandes letras y pequeños placeres. Un turista japonés se detiene y le echa una foto.

—Entrada sólo para locos, cuesta la razón —recita ella, ajena al mundo que le rodea. Quizás haya leído El lobo estepario trece veces.

 

Al atardecer, agotada y feliz, regresa a casa. Abre la puerta, deja las llaves, mete la mano detrás del sofá: la música brota como si un grifo hubiera sido abierto. Busca entonces en una de las pilas de libros hasta que encuentra su presa. Los dedos recorren la cubierta —toco tu boca— y el libro es presionado contra el pecho en una comunión íntima. Se deja caer en el sofá y cierra los ojos. Un poco, solo un minuto.

Una hora más tarde, el golpeteo de unos nudillos le despierta. Antes de darse cuenta ya está abriendo la puerta.

—Madre.

En la cara de la mujer brota una sonrisa ansiosa y se acerca titubeante. El abrazo no llega a su destino. El muchacho entra con la enérgica urgencia de la juventud. De un vistazo abarca el pequeño salón.

—Pasa, pasa, siéntate. Te traeré algo de comida

La mujer se escurre hacia la cocina y el muchacho se queda de pie, pasándose la mano por la cabeza casi desnuda de pelo. Con un pie toca una torre de libros, que se derrumba.

—¿Por qué sigues acumulando toda esta basura?

—Mis libros. Llévate uno, dos, los que más te gusten. Son tuyos.

—Un día me los llevaré todos.

El chico se sienta en el sofá. La música de jazz le pone nervioso y se levanta en busca de la fuente. En la cocina, la mujer coge con manos temblorosas pan de molde, crema de untar, jamón cocido, una hoja de lechuga, un huevo duro. No quiere demorarse, su hijo está en el salón. Su hijo. Tan delgado. Si tan solo se dejara ver más a menudo. La música se detiene. El muchacho vuelve a colocar el sofá en su sitio y camina por la sala. Toma la fotografía del aparador, la sopesa.

—¿Recuerdas cuando jugaba al fútbol?

—Claro. Tenías… tenías un don, un talento especial.

La mujer regresa a la sala y deja un plato con un sándwich en la mesita. El chico mira por la ventana.

—Pero tú solo querías que yo estudiara. Que leyera tus preciosos libros.

La mujer no dice nada. Se retuerce las manos. Los ojos cansados perciben angustia y, estremecida, busca en su interior las palabras adecuadas. El débil vínculo de la esperanza —su hijo, su hijo está en casa— atenaza de miedo los labios. En la otra fotografía, el hombre mira desde lo alto del acantilado, flotante, etéreo.

—Me ofrecieron entrenar con aquel club de primera. Era una oportunidad única. Hubiera podido ser el mejor, pero tú no quisiste.

—Hijo…

—La pierna de un futbolista es como una flecha que viaja hacia el futuro. Se extiende hacia atrás en el pasado, cogiendo fuerza; después golpea y…

El chico se muerde los nudillos y solloza. La mujer se acerca y le pone una mano en el hombro, levísima, una mano que no hubiera asustado a un pájaro: pero él se sacude.

—Golpea y la pelota vuela. Pero allá donde va lleva consigo su pasado.

Se vuelve y le encara. La mujer se encoje ante la mueca de intenso odio en la cara de su hijo: los ojos fríos brillan con la humedad de las lágrimas. Siente un miedo atroz, un miedo indescriptible, pero no por ella misma. El odio esconde el dolor: a eso le teme. Extiende los brazos, queriendo abrazarle sin atreverse. El chico gruñe y la aparta, tirando más libros, cruzando el salón, dando un portazo. Se ha ido.

El viento entra por la ventana. En la mesita reposa el sándwich. La mujer permanece de pie aturdida, incrédula. Se arrodilla y comienza a colocar una de las pilas caídas. Un libro, dos libros, tres libros. Las manos le tiemblan tanto que no puede continuar y permanece de rodillas, jadeante. Detrás del cristal, el hombre se alza contra el cielo, sobre el mar bravo, lejos, fuerte, en un mundo distinto.

 

El supervisor del servicio de limpieza municipal pasea por los corredores del edificio público algo intranquilo. «Recoger a los niños al salir del trabajo». Ha difundido una circular alertando del peligro, pero nunca se puede estar seguro. Imágenes de televisión, periodistas cubriendo la noticia. Los informes de la policía tienen la fría precisión de un cirujano. Tantos y tantos muertos. Tantos y tantos heridos. Zonas peligrosas. Actividades de riesgo. Recomendaciones de conducta, de vestimenta. Números de información. La amenaza siempre ha estado presente, pero esta nueva oleada no tiene precedentes. «Jóvenes alocados. Intolerantes, con lo mal que me sienta la leche». La crisis está avivando el fuego del odio racista y este se extiende sin control entre los más desfavorecidos: los jóvenes y, curiosamente, también entre los mismos inmigrantes. «Países del Este, violentos, soldados de guerras fratricidas, cuidado, cuidado». La policía no tiene reparos en ser explícita. Los asaltos son crueles y los inspira un odio profundo, antiguo. «No olvidar recoger a los niños del colegio».

El supervisor entra en el comedor donde los barrenderos se turnan. De entre todos los empleados, le preocupa en particular una persona. Demasiados años, costumbres enraizadas. «Vieja loca». A espaldas de ella se apelotonan varias bolitas de papel. Los empleados están agitados y han vuelto a su antiguo hábito. «Come la misma sopa que lleva sorbiendo treinta años. ¿Qué es lo que está murmurando? Dios santo, está leyendo uno de los libros más vetustos que he visto en mi vida».

—Hola. ¿Me puedo sentar con usted?

La mujer asiente y se corre a un lado. Pura cortesía. No hay nadie más en el bancal. «A esta no le hará falta una paliza. Cualquier día se muere por su cuenta».

—Escuche. Ya habrá leído la circular. —La mujer le mira con ojos nubosos. El supervisor suspira—. Mire, solo le pido que colabore, ¿de acuerdo? Que no se separe de sus compañeros. Ya habrá tiempo para hacer su trabajo con tranquilidad, pero…

—Yo hago mi trabajo con tranquilidad.

—…lo sé, lo sé. Lo sabemos. Aun así, escuche. Ha habido últimamente muchas agresiones. Serán jóvenes y serán estúpidos, pero pueden ser muy peligrosos. Es imperativo que trabajen ustedes en equipo. Nada de demoras: llegue usted con sus compañeros y vuelva con ellos en la furgoneta. ¿Lo ha comprendido?

La mujer lo mira. Debería estar asustada, pero una sonrisa se dibuja en su cara. «Jesús».

—¿Lo ha comprendido?

 

La barrendera y el grafitero hablan mientras caminan por el descampado. La mole de metal y hormigón, a medio construir, se hace más grande. El hombre viste unos vaqueros y una gastada trenca de bolsillos abultados. Ni el gorro de lana, calado hasta las cejas, ni la barba ocultan las arrugas de la cara. Nunca ha sido de llevar gafas de sol, aunque algunos de sus colegas las usan. El anonimato es importante. La mujer camina a su lado con la mirada ausente, como siempre: en uno de los bolsillos de su chaqueta de servicio, un libro asoma el hocico.

Los dos entran en la estructura vacía. La luz penetra por los huecos de las ventanas y se proyecta sobre las paredes desnudas, reflejando cuadrados iluminados por el sol en uno y otro lado. El hombre examina con ojo crítico el lugar, pasa la mano por las superficies rugosas. La mujer sigue hablando, gesticula, se mesa el cabello cano. Una rampa les lleva arriba, donde las columnas se extienden por la planta diáfana. Por otra abertura, delante, entra de nuevo la claridad, cortando las columnas y muros en poliedros imposibles. Luz y oscuridad. Recorren el espacio con cuidado de no pisar en un vacío inesperado hasta que el hombre encuentra lo que busca. Extrae de los holgados bolsillos varios botes de pintura y comienza a esbozar en la pared la voz de su conciencia. La mujer, por su lado, se sienta en un bidón recortado y observa. Ella le habla de su hijo mientras el grafiti va tomando forma. Las manos de él son seguras; ha hecho esto muchas, muchas veces. Las de ella aferran el libro con los dedos crispados, como si este fuera un amuleto en virtud del cual sus preocupaciones fueran a desaparecer. El hombre siente una premonición. Se da la vuelta y percibe la angustia, la reciente y la antigua, en los ojos que le observan.

La cercanía del hombre que le habla con suavidad hace que la mujer recuerde, por un momento, al otro hombre que ya no está y que un día se dejó fotografiar junto a un acantilado. El viejo grafitero deja el espray en el suelo y le toma la mano. Ella se deja conducir por el espacio yermo salpicado de claroscuros; el calor del contacto hace que algo se ablande un poco más en su interior, una parte de sí misma que pensaba que era inquebrantable. Los dos llegan a su destino. El hueco de la escalera tiene una reminiscencia de caracola. Ambos se sitúan en el centro de la espiral y miran hacia el cielo, allá en lo alto.

En el silencio que sigue, ella escucha. Primero el rumor, suave y lejano. Después las olas, la caricia del agua salada. La brisa fría cargada de ozono, la espuma hirviente besando la arena. Y la fuente: el océano, cambiante e inmutable, hablándole a través de una distancia infinita, tan lejos de Madrid y al mismo tiempo tan cerca, latiendo en un pulso vivo, circulando a través de la caracola de hormigón, a través de la mano de su amigo que toma la suya propia. El viejo grafitero le habla de nuevo, palabras que pulsan con la verdad, palabras en comunión con la voz ancestral de la ciudad. Palabras canalizadas a través de la soledad del cemento, del vacío de una construcción abandonada, del azul del cielo, de la eternidad.

Ella llora. Él ruega, señala el libro, insiste, no abandona. Ya lo ha dicho muchas veces antes.

Y, por fin, la pena en el pecho se resquebraja. Mira el libro que porta en la mano. Ahora lo ve como algo distinto. Un amigo que le ha ayudado a mitigar los largos años de soledad, pero no más como una puerta hacia la que evadirse. Lo deja caer en el suelo polvoriento.

Los ojos de ella se alzan, enrojecidos, y las miradas se encuentran. Ahora hay risa. Ahora hay esperanza. El océano se desencadena a su alrededor, libre y sin fronteras, jubiloso.

 

Los bidones arden con una llama anaranjada, lanzando sombras caprichosas contra la oscuridad de la calle. Las luces de las farolas están rotas y los papeles que se arremolinan en el suelo, junto a cajas de cartón, latas de cerveza vacías, palés destrozados y esqueletos de coches, evidencian el abandono que sufre el suburbio. La mujer avanza sola en su mono verde siguiendo la senda que marcan los fuegos. Conoce el lugar. La ciudad no tiene secretos para los de su profesión. Las naves industriales asoman los dientes de sus rejas a la oscuridad de la noche. Ella avanza. Se sabe observada.

Le están esperando a los lados del edificio con las ventanas tapiadas. Se calientan las manos en los fuegos. Son muchos y son jóvenes. Ella ve brillo de cadenas y ojos brillantes, alguna conversación altisonante que se detiene al acercarse. Un grupo sale a su encuentro. Adolescentes, cabezas rapadas, bromas nerviosas.

—¡Eh! ¿A dónde vas, vieja? ¿Quieres morir? —Ella no se detiene. Cien años de soledad es la elección perfecta.

—Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede —y añade, entre la estupefacción de los chavales—. Es un dolor extraño. Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Cuánta sabiduría en las palabras del viejo Gabo. Los chicos se apartan y, en soledad, ella entra en el edificio seguida de murmullos y cuchicheos de incomprensión. En el interior, las arcadas están pintadas de colores chillones, dibujos obscenos y violentos repletos de símbolos que el mundo pensaba haber dejado atrás. Los cables y las tuberías están a la vista en el techo descarnado. Las lámparas emiten una luz artificial que molesta si se mira directamente y acentúa las sombras. Ella avanza despacio, arrastrando los pies. Le parece estar cruzando las puertas del Infierno.

—Afrontaré mi miedo. —Las palabras de la letanía acuden a su boca para darle ánimos—. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y, cuando haya pasado, ya no habrá nada. Sólo estaré yo.

Nadie le impide el acceso. Las arcadas se abren hacia un patio central cubierto por unas lonas que evitan que el relente de la noche penetre. A los lados, en las paredes, se apoyan algunos colchones desgastados. En los espacios vacíos hay algunas máquinas de gimnasio, más bidones encendidos, un cuadrilátero de boxeo de lona amarillenta, largas cadenas que atan a unos perros amenazadores que comienzan a gruñir, diversas personas reunidas, fumando y hablando. Y al fondo, sobre una tarima en la que se haya un trono burlesco, flanqueado por sendos bidones, se sienta el que debe ser el líder: un hombre grande, calvo, con una barba rubia que le llega a mitad del pecho, semidesnudo y cubierto por tatuajes. Los perros más grandes roen huesos a sus pies como si de un antiguo señor medieval se tratara. Los ojos del hombre tardan unos segundos en advertirla, el tiempo que tarda en darse cuenta del silencio que se extiende por el patio.

Ella se detiene en el centro, enfundada en su uniforme verde y su determinación, sabedora de la atención que atrae. Por costumbre se tantea los bolsillos, pero esta vez no hay ningún libro que le ofrezca consuelo. En las arcadas comienzan a acumularse personas tosiendo, murmurando, riendo. Una sonrisa cruel asoma en el rostro del jefe de la banda. Ella se yergue, ya no hay vuelta atrás. El momento ha llegado. Alza la voz todo lo que puede.

—Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.

Su voz inunda el patio y se extiende por las arcadas y los pasillos. Los murmullos se intensifican y nota el desconcierto. El jefe ríe, su atención fija en ella. Es perfecto y la pequeña victoria da ánimos a la mujer para hablar de nuevo, invocando a la pequeña Momo, haciendo que su voz se convierta en un trueno en la guardia misma del mal.

—El tiempo es vida, y la vida reside en el corazón.

El líder se levanta. La expresión de sorpresa ha sido reemplazada por otra de furia.

—¿Quién es esta vieja?

Nadie responde. Ella no desiste. La suerte de la batalla depende de un hilo. Vuelve a hablar, buscando, encontrando a Borges en su corazón.

—Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible.

Las palabras la emocionan. Cuántas veces ha disfrutado con él: citarle es evocar a un amigo en este trago tan amargo. Pero debe hacerlo. Debe.

—¿Vienes aquí con la religión por delante? —El líder sonríe con crueldad ahora, ignorante del origen de las palabras que escucha—. Veremos si te sirve de algo.

Por el rabillo del ojo la mujer advierte un movimiento. Alguien deja las filas de entre las arcadas, se marcha. Un chico joven, un muchacho delgado y espigado. Las lágrimas acuden a los ojos de la mujer mientras los perros comienzan a gruñir y a ladrar sintiendo la corriente de odio que comienza a surgir de sus amos. La mujer alza la vista, recorre las columnas y las paredes desconchadas y se lleva las manos al pecho. Es verdad lo que dijo el viejo grafitero. Siempre se puede escuchar el océano: incluso entre los gritos y los insultos, incluso entre el ladrido de los perros, incluso a través de un miedo mortal. Pero está exultante de su victoria. Todavía tiene tiempo para decir una última frase. Nadie mejor que Neruda.

—En un beso, sabrás todo lo que he callado.

 

Un fluorescente en una pared blanca. La sensación de haber dormido horas, días, semanas. Los miembros pesados, solo un ojo abierto. Tubos que salen de su boca y de su nariz. Algo emite un pitido electrónico cerca de ella y vuelve la cabeza. Observa el lateral de la cama y el equipo médico al que está conectada. Así pues, es un hospital. Está viva. Detrás del equipamiento, sentado y dormido, se encuentra su hijo. El pelo le ha crecido desde la última vez que le vio. A su vista, brilla como el sol. Intenta llamarle, pero de su garganta solo brota un gruñido seco. El esfuerzo le provoca tos y sufre una pequeña arcada que le hace llorar de dolor. Pero no le importa. Allí está su hijo.

—Dios mío. ¡Es un milagro! —Una enfermera aparece en su campo de visión. Desde el lecho, se esfuerza y extiende un brazo a través de un dolor infinito para señalar, para hablar.

—Mi… hijo…

—Su hijo es un héroe. Fue quien llevó a la policía. Si no fuera por él, usted no estaría viva.

La mujer intenta sonreír. El cansancio le aplasta contra la cama como una piedra descomunal. Ella cierra el ojo y respira. Todo está bien. Todo está bien.

El océano bate, azul e inmenso, detrás de sus párpados cerrados.

 

7 comentarios en “Héroes de papel

  1. Estimado despiertacuervo,

    Desde luego, si querías emocionarnos, has sabido bien como hacerlo.

    Si la envidía fuera tiña, ahora mismo me pondría de color morado.
    ¡Qué bien escribes Mr. I!

    A veces, con ese lirismo que a ti te sale tan natural como respirar, me evocas al Olvidado Rey Gudú de la señora Matute.

    Describes tan bien el mundo real que esconde la magia…

    ¡Emociona!

    Ha sido tan bonito, leer la historia de nuestra valiente barrendera. Muy bonito. Muy, muy bonito.

    Un graznido muy grande despiertacuervo.

    Le gusta a 2 personas

    1. Mil gracias por la lectura y comentario, querido amigo. Me alegro de que te haya gustado (y nada menos que evocando a Matute…). Os echo de menos (a ti y a los brutos). Ojalá en el futuro me sienta con fuerzas para compartir de nuevo letras contigo.
      Un fuerte abrazo
      Isma

      Me gusta

      1. Sí, yo también te echo de menos por el Edén.
        Tu forma de escribir siempre me recuerda a Matute, ojalá yo consiguiera ese lirismo, pero no sé. Cada uno sus dones. ^_^
        Estaré encantado de volver, si te animas, me lo dices, y volvemos juntos a algún versus.
        Abrazos muy grandes.

        Le gusta a 1 persona

  2. ¡Ostras! He visto el título y he pensado: “Este no lo he leído” y he empezado a leer y mira tú, jajaja. ¡Héroes! Ya sabes que me gustó, pero como por aquí no nos lee nadie te diré que lo que menos me gustó fue el final. Hubiera preferido algo más dramático y sin hospital (me sorprende mucho que incluyeras un hospital, jajaja). Pero bueno, con este final tan de Walt Disney (donde todos son felices y comen perdices) me hiciste llorar como una magdalena. Un beso.

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Gracias, Kass! Tengo pendiente cambiar ese final. La verdad es que no le di mucha importancia hasta que lo vi publicado y me di cuenta de que era bastante flojo.

      Besos
      Isma

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  3. Bueno, si a ti te gusta no tienes por qué cambiarlo. Ya sabes que los lectores tienen opiniones para todos los gustos…

    Por fin he encontrado la manera de comentar desde mi cuenta de Google, porque antes salía como “anónimo”, jajaja.

    Por cierto, espero que vuelvas a participar en los Brutos, ¿eh? Si tú no te animas, yo tampoco.

    Le gusta a 1 persona

  4. Y, como hablamos el otro día, proseguí mi lectura del blog con este otro relato, bien diferente al anterior y, sin embargo, igualmente impresivo.
    La parte del “envío” de la madre con el grafitero es, si tuviera que resaltar del texto alguna parte que me haya desubicado más, ése punto. He entendido que es el punto en el que pivota la acción de la madre, no tanto su deseo ya que es perceptible que en anhelo por recuperar su hogar viene de antes, pero no se traducía en hechos hasta ese momento. Tiene un algo de liturgia que espero que una segunda lectura clarifique.
    Exactamente igual que en tu relato del concurso, la capacidad para transmitir emoción permanece intacta. El personaje de la madre está tratado con un enorme cariño. Es, pienso, rico y su amor por los libros de aleja de los estereotipos al uso, así como el modo que elige a la hora de combatir y recuperar a su hijo. Es un concepto, como dicen ahora, “potente” y hermoso para los que en algún momento hemos leído. Las partes que nos resultaban familiares han hecho arder el vigor que generaron las páginas de origen, como la figura de Momo o -imposible evitar recordarlo, por su compartido hábito con la protagonista- el incansable lector Bastián.
    No me siento muy capaz de hablar de la calidad literaria en términos técnicos. Sé que, por razones más relacionadas con mi propia incapacidad para la síntesis que por una postura formal concreta, amo el uso justo del adjetivo y el empleo de un lenguaje directo. No me ha parecido un texto recargado en absoluto, lo que como -insisto- profano lector me ha complacido.
    Tal vez la figura del niño, por puro abuso cinematográfico del sensible desorientado y violento, tiene menos vigor, es un simple accesorio para propiciar el periplo vital de una mujer con tanta riqueza como desorientación vital.
    Francamente, tienes que perseverar en tu afición, ya que generas deseo de leer tus textos, y eso en sí mismo ya es un bien irrenunciable, creo yo, vamos, en este mundo en que vivimos.

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